BUSCADOR CATÓLICO

lunes, 30 de junio de 2008

PEDRO VS. PABLO. DOS CARISMAS, UN MISMO ESPÍRITU


La fiesta de Pedro y Pablo es la fiesta de los orígenes de la Iglesia, sí. Pero es la fiesta que nos recuerda y nos muestra la realidad de diversidad de carismas en la Iglesia. En concreto, estos dos magnos Apóstoles encarnan dos carismas y, en consecuencia, dos ministerios tan complementarios como contrapuestos a la vez. Pedro, el sostén espiritual de la Iglesia, que fructifica más tarde como el sostén y fundamento de la jerarquía, de la diversidad de funciones en el Cuerpo de la Iglesia. Es también vehículo de la fuerza de la Palabra, del Espíritu que impulsa a los suyos, y los mantiene en la fuerza y vitalidad cristianas. Pablo es la Palabra, canalizada a través del fervor y la fidelidad irrompibles e irreductibles del que fuera Saulo. Es el que llevará el Nombre de Jesús más allá de Israel, predicando al mundo la Salvación en el Nombre de Cristo. Uno, el Carisma del "liderazgo" y la organización espiritual y material de las Comunidades. El otro, el Apóstol por todos querido, que llevará a Jesús a donde haga falta, aun a costa de soportar día a día las consecuencias de romper con la Tradición Judía y farisaica. Se complementan, porque uno vela por el bien de la Iglesia, y es su decidido y firme apoyo, y el otro, apoyado en aquél, lleva la Palabra hasta los confines de la Tierra.

miércoles, 25 de junio de 2008

JUAN, EL BAUTISTA.




Ayer celebrábamos la Festividad de San Juan Bautista. Para una mejor comprensión de esta figura creo que debemos remitirnos al Evangelio de Juan cuando, en el Primer Capítulo, introduce al Bautista y su Ministerio justo después de la Exposición Contemplativa del Verbo y del Misterio de la Encarnación. En efecto, dice el Evangelista: Y le preguntaron: "¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?" El dijo: "No lo soy”. - "¿Eres tú el profeta?" Respondió: "No”. […] Dijo él: "Yo soy la voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías". “Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia” . El Evangelista patentiza con “está uno” y “no soy digno de desatarle la correa de su sandalia” que Aquél al que Israel espera desde siempre ya ha llegado. Se acabó la espera.

Sí, si nos fijamos, las negativas del Bautista empiezan por Cristo y terminan por “el profeta”. Es como si dijera: ni soy el Mesías ni soy un profeta más. Ni soy la Promesa de Redención, ni tampoco la anuncio como la anunciaron Elías y los Profetas. No soy el Mesías ni he venido para recordar a Israel la Fidelidad a Yahvé y a la Ley, sino que soy el Mensajero que anuncia a Israel que ha llegado su Salvación Definitiva (cf. Is 40):
“Pues de su Plenitud hemos recibido todos, y Gracia por Gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la Gracia y la Verdad nos han llegado por Jesucristo”. En efecto, el Bautista se diferencia de todos los demás porque anuncia lo que ya está realizado en el Espacio y Tiempo, en la Historia. No habla esperando, ni tampoco usa las Prefiguraciones Bíblicas, tan frecuentes en el AT.

Así: Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: “Detrás de mi viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel". Y Juan dio testimonio diciendo: "He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo". O sea, que Juan (que ya conoció a Jesús en el Seno Materno) prefigura el derramamiento de la Gracia de Dios (pleroma) sobre el hombre, y lleva a cabo esta Última Prefiguración bautizando con agua, símbolo de Pureza y de Bendición Divina. En adelante, no habrá más prefiguraciones, pues éstas eran sólo espera de la Plenitud que había de venir. Ahora, todo símbolo, liturgia, rito, oración, signo – Sacramento – será vivencia del Misterio de Cristo, y actualización del mismo (anamnesis – memorial). A la vez, exhorta de palabra y de ejemplo a la Conversión, a la búsqueda sincera de Dios, a volver a Él la propia existencia, de forma que la Ley cobre vida. Juan anuncia a Jesús, y lo señala, puesto que Dios mismo le revela quién es. Y a Él remite a sus discípulos, consciente de que su papel ha llegado a su fin. Será apresado por Herodes y ajusticiado. En esto sí que comparte destino e identidad con todos los profetas – hombres enviados por Dios - . Por eso es Juan el “hombre más grande nacido de mujer”, porque no sólo es el símbolo del fin de toda prefiguración, como ya hemos dicho, y del fin de todo anuncio en la línea de una esperanza no realizada, anunciando lo que por fin ya ha llegado, sino que además, Dios le otorga conocer al Mesías antes que nadie, pudiéndolo señalar entre la multitud.

Éste es Juan (Is 40, 1-9):


“Consolad, consolad a mi pueblo” - dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa, pues ha recibido de mano de Yahveh castigo doble por todos sus pecados. Una voz clama: "En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado”. Una voz dice: "¡Grita!" Y digo: "¿Qué he de gritar?" - "Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo. La flor se marchita, se seca la hierba, en cuanto le dé el viento de Yahveh (pues, cierto, hierba es el pueblo). La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece por siempre. Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: "Ahí está vuestro Dios”.

domingo, 22 de junio de 2008

Hoy os propongo que nos unamos a aquel niño que siguió a San Francisco de noche, para saber qué hacía de noche (Flor 17). Quisiera que meditáramos la Pureza de este niño que ya había sido admitido a la Orden. Tan pequeño, y ya consagrado a Dios. Seguramente no pasaría de los 15 o 16 años. Quién sabe si quizá tendría alguno menos. Qué suerte tuvo de ver y hablar a Francisco. Qué suerte tuvo de poder dormir a su lado y atar su cordón al del Santo. Qué suerte tuvo de poder seguirle en sus intimidades con Dios y los Santos. Qué suerte tuvo de poder contemplar lo que Francisco contemplaba. ¡Estuvo en comunión espiritual con él! Qué suerte dormirse y que Francisco lo llevara en brazos. Qué suerte tener con él tamaño secreto. Y es que los Franciscanos seguimos a Cristo tras las huellas de Francisco de Asís, como reza la Regla de la OFS. Sígamosle pues, y sigamos "al Cordero Inmaculado, Jesús, adonde quiera que vaya". Que de corazón podamos decirle al Señor, con las mismas palabras que un famoso grupo español de Pop: "¿que has visto en mi?, que me regalas tu verdad y tu cielo [...] y pienso que si no existes yo me muero, que en mi cabeza habia un sueño y que se ha hecho realidad!! y quiero contarle al mundo entero que tu vida es lo que quiero, y tu eres mi mitad"...

miércoles, 18 de junio de 2008

Asís, Ciudad Santa. Creo que hasta ahora no os había hablado de ella. Es la ciudad natal de San Francisco, como sabréis. Es la misma en la que el Papa Juan Pablo II impulsó encuentros ecuménicos para rezar por la Paz. ¿Por qué? Es llamada Città della Pace, porque dió a luz y vió crecer y vivir al Santo más grande de la Historia. Un hombre que supo vivir el Paraíso aquí en la tierra, de forma que allá donde iba, allá por donde pasaba, en aquella persona con la que hablaba... dejaba un pedacito de cielo, de Dios, de Vida Eterna. Fue un Signo y, por ello, dio frutos. Tantos y tan grandes, que a día de hoy perduran. En efecto, pasear por Assisi es algo más que disfrutar los encantos de una ciudad medieval. Es sentir que Dios habita allí, que San Francisco sigue recorriendo sus calles. Es sentirte lleno de la Paz que el Poverello sembró. Es poder decir "me quedaría aquí para siempre", pero de verdad. Poco o nada echas de menos estando allá. Y es que en cada rincón, plaza, callejuela... hay alguien o algún grupo que canta, que reza, que baila, que hace "turismo espiritual" (sí, gente que visita la ciudad buscando el Espíritu Franciscano), que llora, que ríe... Es el lugar de la espontaneidad espiritual. Es cierto que hay mucho turismo de tipo cultural o de ocio, pero impera la presencia de gente que, de una forma u otra, busca a Dios. La llamada "alabad y bendecid a mi Señor" de Francisco sigue encontrando eco. Y más allá, a escasos kilómetros, la Porciunculita (hablo de la iglesita, no de la basílica), lugar Mariano y "residencia" preferida de Francisco. Lugar de la Virgen y de sus Ángeles, que rezuma Pobreza por los cuatro costados, pues poco o nada material necesita el que busca a Dios. Allí, la Virgen sigue llamando a sus hijos, y se halla la Paz que sólo en este hermoso paraje de la Umbría se puede encontrar.

jueves, 12 de junio de 2008

LA VERDADERA ALEGRIA



Me propongo hoy hablaros de la alegría espiritual, la verdadera alegría. Hoy día, en el mundo prevalece este valor como algo psicológico, físico, folclórico, saludable... Pero lo que no dice el mundo es cuál es la verdadera alegría. Para mí, desde luego, consiste en la que Francisco supo vivir y transmitir, dando luego lugar a relatos como el de la "Perfecta Alegría" que todos conocemos (y si alguien no lo conoce, lo reproduzco más abajo). En efecto, "alegría espiritual" no es algo reductible al optimismo, al bienestar físico o psicológico, al encontrarse bien con uno mismo, al "hoy me siento Flex". No, la alegría espiritual nace, como su nombre indica, del Espíritu Santo, de Dios. Y por tanto, es un Don. O sea, nos es dado gratuitamente, no es mérito nuestro ni fruto de un esfuerzo personal y sólo personal. Es ese estado que refleja la Paz interior del alma que está llena de Dios, en comunión con Él, que podríamos decir que vive "siempre a su lado". Es el estado que permanece incluso a pesar de cruces, padecimientos, sufrimientos, incomodidades, contradicciones. Es fruto de un corazón puro que, siempre, y por encima de todo, puede elevarse a Dios y adorarle, de verdad, haciendo de Él el único y verdadero valor supremo de la vida. Este corazón siempre estará alegre porque siempre verá a Dios en todas las circunstancias, y sabrá darle gracias por todo, incluso por lo que humanamente sólo sabemos rebotarnos o entristecernos. Pero así es la vida espiritual: la que busca vivir justamente al contrario de ciertos valores que propone el mundo (el mundo según Juan, se entiende, como conjunto de personas, valores, acciones... contrarios a la Luz, que es Cristo Encarnado). Así, vemos a Francisco que, aunque tuvo momentos duros y muchos nubarrones, propios de la noche oscura de los santos, siempre estuvo alegre. Y si no podía mostrarse alegre, desaparecía de la vista de todos, para no dar mal ejemplo. Pues si la alegría edifica porque refleja a Dios, la tristeza da mal ejemplo, porque refleja que Dios no está allí. Que Dios nos ayude a todos a saberla vivir, yo el primero.
Florecillas, Capítulo VIII.
Cómo San Francisco enseñó al hermano León en qué consiste la alegría perfecta.

Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Angeles en tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así:
-- ¡Oh hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena edificación, escribe y toma nota diligentemente que no está en eso la alegría perfecta.
Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco segunda vez:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
-- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
-- Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.
Y San Francisco le respondió:
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14).
A Él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 10 de junio de 2008

jueves, 5 de junio de 2008

AMOR ESPIRITUAL VS. AMOR HUMANO

Francisco y Clara son una encarnación viva y palpable del amor espiritual entre dos personas. Justamente, es un amor "espiritual" porque lo da el Espíritu, es Don de Dios, y es consecuencia, primero de la Fidelidad de cada persona a Dios y, segundo, de un regalo particular y especial que otorga el Señor. En efecto, Clara y Francisco se amaban con un amor purísimo y muy profundo, y que manifestaba un aspecto poco visto, o poco conocido al menos, en la Historia del Espíritu: Clara dependía de Francisco. Cuando decimos que era su "plantita", no es una imagen bonita e idílica para hacer ver que se querían mucho y ya está. No, el vigor y el crecimiento espiritual de Clara dependía del vigor y crecimiento espiritual de Francisco. Don singular, pero que mejor podemos entender si nos acordamos de que el nacimiento de las Clarisas se produce en el seno de la Orden de Hermanos Menores, como una gran rama crece de un gran tronco. Esto en la perspectiva "global" del carisma. En lo particular, era igual: Clara había nacido al Espíritu (vocación, seguimiento y entrega a Dios) en el seno de la vida espiritual del Poverello. Es más que el Carisma participado, porque no sólo acogió un Carisma que Dios le daba y lo vivió y fructificó, sino que su Vida Espiritual vivía y se alimentaba de la de Francisco como de un manantial. Francisco, fiel a su entrega esponsal a Dios, tuvo una hija espiritual especial, Clara, quien viviría su Amor a Dios desde su unión espiritual con Francisco. Las Clarisas no se entenderían sin Francisco. Clara no se entiende sin Francisco. Ella debía encarnar un Carisma que dependía de otro principal, en el sentido jerárquico (espiritualmente jerárquico) de la palabra.